LA RESURRECCIÓN, GLORIOSO MISTERIO
Dos
misterios
Sin
lugar a dudas, creo que la fe cristiana se afirma en dos acontecimientos
definitorios: la institución de la eucaristía y la resurrección. No es que deje
de lado otros hechos verdaderamente maravillosos en la fe cristiana, como es la
asistencia del Espíritu Santo o la encarnación de Dios hecho hombre en Jesús.
Resulta que la encarnación divina se produce por un hecho muy natural, todo ser
humano pasa por ese estadio y no había otro modo que no resultara fantasioso y
fuera de la esencia humana. La asistencia del Espíritu Santo resulta para mí un
encuentro entre el valor de la convicción humana, es decir la fe y el auxilio
divino que insufla la sabiduría necesaria para portar el mensaje divino.
La eucaristía
No soy de los que tienen la voluntad de escuchar la santa
misa diariamente y recibir la sagrada hostia en el momento de la comunión,
aunque desearía hacerlo, pero una situación de esta naturaleza significa
heroicidad religiosa o santidad, de la que estoy muy lejos. Pero, desde mi
posición, creo que la internalización del mensaje de la última cena, preludio
de la entrega del hombre a sus verdugos, es el reto que debe afrontar el
creyente en la divinidad de Cristo. Con la eucaristía, Dios mismo, en la
humanidad que adopta, ofrece su sangre y su cuerpo como símbolo de la alianza
del hombre con Dios. Sustituye el sacrificio de bueyes y de corderos para
alabanza del Señor y lo resume en la ofrenda de sí mismo. Es el profundo
significado del pasaje evangélico: “Y tomó el pan, dio gracias y lo partió, y
les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en
memoria de mí”. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa,
diciendo: “Esta copa es el nuevo pacto, en mi sangre, que por vosotros se
derrama.” Lucas xxii, 19-20. No me interesa discutir la transustanciación
del hombre Dios en el pan y en el vino; sí es mi inquietud comprenderlo como el
ejemplo de la entrega al deber del Hijo del Hombre, quien para la redención del
pecado de la humanidad tenía que aceptar con mansedumbre la iniquidad de una
pasión ejecutada por los usufructuarios del poder terreno: fariseos y romanos.
Desde la perspectiva de los mensajes sagrados relativos a la agonía religiosa
esto significa la consagración de la hostia y del vino para la unión en Cristo
en un ritual tópico y puntual, en el cual declaro mi creencia y mi fe; sin
embargo, desde mi precaria visión terrenal creo que la comunión diaria es
repetir de modo real y concreto el deber eucarístico: Darse al deber que uno
asume, como padre o hijo; como patrono o trabajador, como gobernante o gobernado,
como pastor o grey. En todo caso, creo que el valor del pacto de sangre que
Jesús nos dejó es una combinación de la participación en el banquete
eucarístico y el testimonio que debe darse de él. He aquí el reto de fe y de
cristianismo auténtico, pues yo me resisto a aceptar que Jesús Cristo deba
quedarse cautivo en el sagrario.
La resurrección
No creo que hoy en día, con toda la teoría y la práctica
de la clonación, pueda objetarse la concepción sin relación de sexo, de modo
que ese misterio de la encarnación pueda, en este contexto, resultar para
alguien inexplicable, aunque no haya existido la manipulación humana. Pero no
resulta lo mismo con la resurrección. No pocas veces me han parecido
inverosímiles las narraciones evangélicas, pero qué duda puede surgir si entre los evangelistas
los testimonios son tan cercanos entre sí que resulta imposible que se hubieran
puesto de acuerdo. En efecto, los evangelistas ponen en evidencia cómo vieron,
comieron y dieron testimonio de las heridas de las manos, pies y costado y de
la maravillosa transportación del resucitado, desapareciendo y apareciendo de
pronto entre ellos y disponiendo su hermosa y delicada misión de predicar la
buena nueva por todo el mundo (ver Mateo
xxviii, Marcos xvi, Lucas xxiv, Juan xx):
“Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros, como yo os he amado,
para que vosotros os améis también entre vosotros”, Juan xiii,34. Hasta aquí los hechos, pero lo
importante es el significado de la resurrección para la fe cristiana, pues si ello
no hubiera acontecido el cristianismo sería simplemente la adhesión a un
mensaje ideológico de un líder que un día dejó el mundo de los vivos para
enterrarse con los muertos y esperar el juicio final para gozar de la
resurrección. El hecho de la resurrección pone en evidencia la confabulación de
los todopoderosos fariseos para enterrar la subversiva ideología cristiana.
Éstos no vacilaron en corromper a los soldados vigilantes del sepulcro para
poner mentira en su boca, mentira que, entonces, se difundió entre los judíos. El usufructo del poder pudo
más que la verdad. La sensualidad dominó a la espiritualidad. Pero la
resurrección del maestro y la asistencia del Espíritu Santo, insuflados por el
mismo Jesús, fortalecieron y templaron el coraje de los hombres comprometidos
para cumplir con la entonces riesgosa y heroica misión que debió, como debe
hasta hoy, enfrentarse a todos aquellos que abusan del dominio de sus
posiciones, cualquiera que éstas fueran: gobernante o patrono o profesor o jefe
de familia, no importa el nivel. Será siempre el testimonio del principio “El
que quiere ser primero entre vosotros, sea el primero en servir”.
A propósito de
Todo esto sucedió en lo que ahora conocemos como Semana
Santa, en recuerdo de hechos sublimes y de hechos denigrantes. Sublimes como el
testimonio de humildad y de servicio de Cristo Jesús, la institución de la
Eucaristía, el sacrificio del Redentor y la resurrección del Señor; denigrantes
como la traición de Judas y su hipócrita maniobra política o codicia de oro, la
cobardía de Pilatos, la infamia de los fariseos y gobernantes de Judea o la
negación de Pedro. Es la primera Semana Santa del milenio nuevo, por eso sin
dejar de gozar la paz de estos días, la cristiandad tenemos el deber de
internalizar nuestras agonías y volver a las fuentes evangélicas, relegando los
cultos formales de peregrinaciones y comidas exóticas. Reflexionemos sobre la
vida eterna y los méritos para ganarla.
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